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La taberna olía a vino rancio, a pescado frito, a fracaso…

La mujer no era joven, aunque conservaba cierto atractivo, y tenía una voz profunda y cálida, y los ojos negros como el mar en una noche de invierno. Casi tan negros como aquellos otros, hacía miles de años.

“Meu bravo marinheiro”. Era lo que solía decirle mientras jugueteaba con el bello de su pecho. Y a él le volvía loco. 

Cerró los ojos intentando recordar cada detalle: El sonido de su risa, el olor de su piel, el sabor de sus labios, aquellos ojos inmensos…

– Capitán- La voz lo sacó de su ensoñación, y abrió los ojos para encontrarse con su primer oficial de pie junto a la mesa que ocupaba en el rincón más oscuro del tugurio más oscuro del puerto. Un chico cabal, muy competente, con buena madera. Se lo quedó mirando un instante, y por un momento se vió a si mismo siglos atrás. – Capitán, la marea…- insistió el muchacho.

Asintió despacio y se levantó. Sacó unas monedas del bolsillo y las puso sobre la mesa, junto a la botella vacía, mientras echaba un último vistazo a la mujer, que apoyaba una mano sobre el hombro del guitarrista que la acompañaba en su lamento.

– Vamos – Dijo mientras palmeaba la espalda del joven. – La marea no espera por nadie. – ” Meu bravo marinhero”…


Ronda, 23 de abril de 2017 

Antonio Moreno Torrres. 

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Paco 

Paco (así le llamaremos) está de paso en la ciudad. Acaba de salir de prisión, y se dirige a Sevilla, donde tiene muchos amigos en “las 3000”.

    Todo esto, y algunas cosas más, me las cuenta mientras me estudia, desafiante, en la puerta del último bar del que hemos tenido que invitarle a salir, mientras se apretaba el enésimo wishkey de la mañana. Por que aún no es medio día, y Paco ya está borracho. No del todo, quizá sólo lo suficiente como para acallar un poco el ruido. 

    Paco tiene 49 años, según su DNI, pelo rapado  (para disimular la calvicie), piel curtida y constitución fuerte  (restos de su pasado militar), vientre hinchado, seguramente por el alcohol, y dentadura aceptable (eso al menos parece descartar la heroína), que muestra en una sonrisa que pretende ser peligrosa. Y como os decía me estudia (nos estudia) detenidamente. Calcula, supongo, distancias, oportunidades, resultados. . .  En su mundo, el lenguaje no verbal es fundamental; y supongo que en el mío también. Por eso le mantengo la mirada mientras cruzo los brazos sobre el pecho, y me pregunto cuantos cabezazos habrá dado esa frente brillante por el sudor. 

    De momento la cosa no es grave: Fanfarronadas, algún piropo de dudoso gusto, provocaciones; el pack completo. Nadie lo suficientemente ofendido como para presentar denuncia, así que sólo se trata de hacerle entender que no se puede ir así por la vida, y recordarle dónde puede tomar el autobús a Sevilla. Pero Paco no es un hombre razonable. Lo sé por que le conozco.  No lo he visto en mi vida, pero he conocido a muchos Pacos; perros ladradores.

    Hace calor, y la luna está llena, y yo también soy humano, y mi paciencia es finita, y Paco parece no tener prisa por llegar a Sevilla; más bien se diría que está pidiendo a gritos que lo detengan. Y, de repente: eso es. 

    Si le preguntárais, seguramente Paco os diría que no vuelve al talego ni loco, que ya ha cumplido, que ama su libertad por encima de todo. Y no os estaría engañando. Pero en el rincón más profundo de su mente es eso precisamente lo que quiere. Detrás de toda esa arrogancia se esconde un miedo atroz a esa libertad tan ansiada. 

    Y es que, en prisión, él es “Paco el legía”. Tiene un nombre, un estatus, normas, amigos y enemigos. En prisión todo está claro, y las decisiones son sencillas. Sin embargo en el mundo real. . . 

    Y me doy cuenta de que Paco no es tan distinto de mí, de mi compañero, de ti. Todos tenemos nuestro particular “talego”; nuestra zona de confort, donde sabemos quienes somos. Y no es fácil salir de ella, saltar sin red, vivir.  

    Así que saco paciencia de donde queda poca, mantengo la cara de perro, y finalmente le veo alejarse hacia la estación de autobuses, altivo, sacando pecho.  Ha puesto en su sitio a los “munipas” que querían vacilarle. 

    Desconozco si a estas horas Paco estará en Sevilla, o durmiendo la mona en algún calabozo, lamentándose de lo perra que es la vida. Pero, lo creáis o no, le deseo toda la suerte del mundo. Porque, aquí fuera, va a necesitarla; suerte, y sobre todo coraje. Él, tú, yo. 

    Ronda, 12 de abril de 2017

    Antonio Moreno Torrres. 

    Yo era un niño aún, el día que el cazador llegó a la aldea.

    Montaba un imponente semental castaño, y se protegía de la lluvia, que embarraba desde hacía días las calles, con una capa encerada, que adornaba con pieles de lobo. Prendidas en la silla llevaba dos pistolas y una carabina, y la gente murmuraba que las balas que usaba, al igual que el machete cuyo mango de hueso asomaba de su costado, estaban hechas de plata pura.

    Yo era un niño, como digo, así que junto a los demás niños de la aldea miraba absorto a aquel hombre de largo pelo negro, barba erizada, y mirada heladora, que mantenía a su caballo al paso, deliberadamente lento, para impaciencia del alguacil, que le precedía en su viejo penco tordo, con mohín de fastidio, y entornando los ojos para protegerlos de la lluvia.

    Por fin, y tras su solemne entrada en nuestra pequeña y mísera aldea, ambos llegaron al ayuntamiento, bajo cuyo soportal, y acompañado por el cura, le esperaba nuestro alcalde; engalanado con su ropa más nueva y la más falsa y servil de sus sonrisas.

    Los recién llegados se apearon de sus monturas, de las que se hicieron cargo dos mozos de la aldea, y tras unas breves palabras del alguacil y sendas inclinaciones de cabeza, el cazador tendió al alcalde un sobre lacrado, con un sello que yo aún desconocía, y los cuatro entraron en el ayuntamiento.

    Un rato más tarde, con un tibio sol de invierno asomando entre las nubes, los hombre de la aldea se dirigieron en silencio a la iglesia, mientras las campanas seguían tocando a reunión. Padre descolgó su capote sin decir palabra, y se unió al resto; y yo, como el resto de los niños, desoyendo las protestas de madre, me escabullí hasta la iglesia, para espiar lo que ocurría dentro, a través de las rendijas de las contraventanas.

    La situación era insostenible, decía el alguacil. La bestia, no sólo había dado caza a dos ciervos en el bosque real, si no que, además, y en una clara muestra de su infinita maldad, había matado y descuartizado al guardabosques. Era por ello que, para atajar el peligro que la bestia representaba, y para proteger la paz del reino, su majestad había tenido a bien encomendar al cazador acabar con tan infame engendro de satanás. Para ello, era orden expresa de su majestad que todo varón mayor de 15 años, y no aquejado de enfermedad o deformación, se pusiese bajo las ordenes del cazador, para ayudarle en su real encargo.

    Mientras el alguacil leía torpemente la misiva real, el alcalde cambiaba el peso de su orondo cuerpo de un pie al otro, el cura sonreía complacido, y el cazador, con gesto impasible, paseaba su ojos glaucos por la iglesia, estudiando los rostros asustados de los hombres de la aldea, que bajaban la vista al encontrarse con la mirada del cazador.

    La muerte del guardabosques era, de lejos, el incidente más notable que había ocurrido en la aldea en años, y desde entonces los vecinos, hasta ese día amistosos y alegres en sus penurias, se habían vuelto recelosos, y a los niños se les había prohibido salir de la aldea después del anochecer, sobre todo en los plenilunios.

    Aquella noche padre apuró en silencio la sopa de cebolla que madre había preparado, volvió a descolgar el capote, y esta vez también su vieja escopeta, y se quedó plantado en mitad de la habitación, mirándome de una manera extraña. Madre comenzó a sollozar, y padre tomó su cara entre las manos, y la besó con una ternura que jamás había mostrado, al menos en mi presencia. Luego le susurró algo al oído, y madre asintió, conteniendo el llanto. después se plantó frente a mí, me alborotó el pelo, y esbozó una sonrisa. suspiró y salió de casa sin mirar atrás. A través de la ventana cerrada llegaba el resplandor de antorchas y faroles, murmullos apagados, ladridos de perros. . .

    Madre, aún llorando, me cogió por los hombros, y me llevó al sótano que padre, después de la muerte del guardabosques, había cavado en secreto bajo la cocina, y en el que pasaba desde entonces algunas noches, para evitar así, decía padre, que la bestia pudiese encontrarme si venía a la aldea.

    A la mañana siguiente madre bajó a buscarme al amanecer, tenía los ojos enrojecidos, me tomó en silencio de la mano y me llevó hasta la puerta de casa, donde los mismos hombres cabizbajos del día anterior permanecían en silencio junto a un carro en el que, cubierto por su viejo capote, yacía el cuerpo de padre con el pecho ensangrentado.

    Todo lo demás es un recuero borroso; mis lágrimas, las de madre, las duras palabras del alguacil, mis amigos mirando con miedo, desde lejos. . .

    El dictamen fue el que sigue: La bestia, sintiéndose descubierta, y obligada a colaborar en su propia captura, bajo su forma aún humana, sin duda para no levantar sospechas, había arremetido contra el cazador, quien le había dado muerte, para mayor justicia y tranquilidad del reino.

    A madre se le perdonó la vida por intersección del cura, y yo, yo era apenas un niño, ¿qué podía saber de los tratos de padre con satanás?. Aun así debimos abandonar la aldea, perdiendo lo poco que teníamos. Madre encontró un antiguo chozo de pastores abandonado, y allí nos instalamos, malviviendo, hasta que unas fiebre se la llevaron, dos inviernos después.

    Fue entonces cuando mi mente comenzó a asimilar la verdad. Una vez que madre no estuvo, para protegerme con sus emplastos de hierbas y sus oraciones. Una vez que no hubo nadie que velase, para que la bestia no diese conmigo. Entonces comprendí; recordé los ojos del cazador, clavados en mí, como cuchillos, mientras el alguacil contaba a madre lo ocurrido. Recordé la angustia de madre, al tener que convencerme, ella sóla, de que la bestia aun podía encontrarme tras la muerte de padre, de que debía esconderme cada noche en el refugio que esta vez yo mismo le ayudé a construir. Recordé las palabras febriles de madre en su mísero lecho de muerte: “No es culpa tuya, no es culpa tuya”. Entendí por fin el sacrificio de padre, y las enigmáticas palabras que me dirigió el cazador mientras abandonaba la aldea: “Ya nos veremos, zagal”. 

    Yo era un niño entonces, apenas sabía nada de la vida. Ahora soy un hombre, y aunque hay cosas que aún no logro entender, he tenido tiempo de aprender otras. He tenido mucho tiempo para aprender cosas de la bestia, y también de los hombres y su justicia. Hay varios cadáveres que pueden atestiguarlo. 

    Las nubes se separan un instante para descubrir una cabaña en el claro. De la chimenea brota humo, y a través de la ventana puedo ver a un hombre que fuma una pipa junto al fuego. Hay canas en su barba, y nuevas pieles de lobo adornan  la vieja capa que  reposa sobre una silla, mientras su dueño afila concienzudamente un machete que brilla a la luz de la hoguera como si fuese de plata pura. Se levanta y mira el paisaje nevado, por la misma ventana por la que yo le observo a él; calcula la hora por la posición del sol, ya falta poco para el anochecer, para el plenilunio. Aunque sé que no puede verme dese esa distancia, sospecho que sabe que estoy aquí. Yo, sin embargo, le veo, le huelo, y hasta casi puedo escuchar el tranquilo latir de su corazón. 

    Ya falta poco para el anochecer, para la hora del reencuentro. Aún no sé si será el hombre o la bestia, pero desde luego no será el zagal quien llame a su puerta. 

    Ronda, 14 de marzo de 2017

    Antonio Moreno Torrres. 

    TIC, TAC. . .

    – ¡¿Quien coño eres tú?!, ¿como has entrado?- Silencio. La figura femenina le observa completamente inmóvil desde las sombras, junto a la puerta de la habitación.
    Quiere encender la luz, pero no lo hace. – ¡Damián!, ¡Damián!- Los gritos deberían haber bastado para despertar al todo el servicio, pero ese estúpido guardaespaldas no parece haberlas oído.
    -¿Que buscas?, ¿te conozco?- ahora el tono de voz es más calmado; recupera las riendas de la situación, la entretiene mientras llega el inútil de Damían.
    La mujer levanta una mano pálida y señala con el índice extendido a su pecho, mientras da un paso adelante, saliendo de las sombras. Él se lleva instintivamente la mano a la cicatriz vertical de su pecho, y un escalofrío le recorre de arriba a abajo. – No, ¡no!, es mío.- Vaya si lo es. Un viaje al extranjero, una cantidad indecente de dinero, y adiós listas de espera.
    La mujer niega despacio con la cabeza, los labios apretados, los ojos sin vida…
    -¿Tú?- Acierta a balbucir, mientras entrecierra los ojos. -No puede ser, tú estás muerta, y ahora este corazón es mío, lo compré. ¡Damián!.
    La mujer no se altera lo más mínimo, mientras dirige su atención hacia la gran cama con dosel. Tumbado entre sábanas de raso, con la mano derecha aferrando el brazo izquierdo, y una mueca de dolor, él descubre con angustia su propio cadaver.
    – ¡¡Damián!!- grita horrorizado. Pero Damián no puede escuchar su voz; nadie más que un muerto puede escuchar a otro muerto.
    La mujer le toma la mano entre las suyas heladas, y tira suavemente de él hacia la puerta.
    – No, no. ¿A donde me llevas?.- Se resiste sin demasiada convicción, mirando con aprensión su propio cuerpo inerte, Ella se vuelve a mirarlo, y por primera vez en mucho, mucho tiempo, se dibuja en su rostro una franca sonrisa.

    Ronda, 19 de septiembre de 2016

    Antonio Moreno Torres

    “Se me acabó la fuerza de mi mano izquierda”. Se lamenta Vicente Fernández, como sólo un charro sabe hacerlo. El trago de tequila raja la garganta al bajar, y el golpe seco del vaso vacío sobre el viejo mostrador atrae fugazmente la atención del camarero, quien, acostumbrado a tales arranques, vuelve enseguida su atención a la pantalla del televisor, en la que dos fornidos encapuchados representan una poco creíble coreografía de lucha.

    -Pinche vida – Susurra entre dientes el tipo de su derecha, los codos apoyados en el mismo mostrador, ante otro vaso vacío, y una botella mediada de Herradura reposado. Se fija en él por primera vez, el sombrero calado sobre la frente, los vaqueros ajustados, el cinto con hebilla de plata  y las botas de piel de serpiente.  Menea la cabeza con los dientes apretados, mientras desde la máquina de discos, Vicente Fernández continúa con su lamento: “. . . Vas a extrañar mis besos, en los propios brazos del que esté contigo. . . “

    Es curioso, se plantea, que un pueblo tan orgulloso, que alardea “de puro macho”, sea capaz de llorar de esa manera y sin ningún complejo. Su vista se posa ahora en el televisor, donde continúa el combate  (si es que en realidad se le puede llamar así) , y un relámpago de lucidez se abre paso por su cabeza.

    Se levanta despacio, se acerca al tipo de su derecha, y le posa una mano en el hombro.  -Compadre – el otro se vuelve despacio, y le devuelve la mirada, torva, amenazadora; interrumpido en su dolor, se diría capaz de matar por menos.  -Tú no le has soltado la rienda. – Le espeta al fin. -Tú nunca tuviste la rienda; al menos no la suya. -El otro se queda mudo, con la boca a medio abrir, y él aprovecha la sorpresa para continuar con su discurso.  -Si de verdad la quieres la mitad de lo que dices, y eres tan hombre como pretendes demostrar  con tus botas y tu cinto, no se te ocurra empañar su recuerdo con tu llanto.  No pienses ni por un instante que tú eres la víctima, y ella el verdugo.

    Compadre, sólo ella sabe lo que le ha costado tomar una decisión que a ti te ha vendido muy bien, por cierto, para poder sentarte aquí a lamentarte de tu suerte.

    Coje las riendas, las tuyas, bendice el tiempo que habéis compartido, el amor que te ha tenido, que quizá aún te tiene, y no culpes a nadie más de las consecuencias de tus decisiones. Acéptala como es; y lo más importante: acéptate a ti mismo.

    El tipo del sombrero intenta de nuevo hablar. Se pone de pie, con los puños apretados y la cabeza alta; pero él le interrumpe de nuevo: -Créeme, compadre, sé de lo que hablo. . .

    Vuelve a su taburete, sintiendo clavada en la nuca la mirada del otro, y se encuentra con la del camarero, burlona, con aire divertido, que le llenaba el vaso vacío. -La del estribo, Míster, corre de mi cuenta.

    Vacía de un trago el vaso, y lo deposita, suavemente ahora, sobre el mostrador. Hace una leve inclinación de cabeza, correspondida por una sonrisa del camarero, y se encamina a la puerta; mirando de soslayo al tipo del sombrero, inmóvil aún, y con la vista fija en el combate de la tele, puro teatro, que diría La Lupe. Tal vez, se dice, capte también la analogía.

    Echa un último vistazo al local, oscuro, pequeño, sucio. . .  Y sale a la calle, a la luz, con los últimos acordes. “Se me acabó la fuerza. . . y te solté la rienda”.

    Ronda, 25 de julio de 2016

    Antonio Moreno Torrres.

    Seguramente habréis escuchado, o utilizado alguna vez frases como esta: “Está borracho, no sabe lo que hace.”, “Es una bellísima persona, pero cuando bebe…”. Pues dejadme que os de mi opinión al respecto: UNA MIERDA COMO EL SOMBRERO DE UN PICADOR.

    La experiencia, propia y ajena, me ha enseñado que el único efecto que causa el alcohol sobre el comportamiento es desinhibirlo. El que es una bellísima persona no dejará de serlo. Puede ponerse pesado, cariñoso hasta la nausea, melancólico… El problema viene cuando llevas dentro una mala bestia; bestia que sólo eres capaz de mantener a raya estando en pleno uso de tu fuerza de voluntad. Es entonces, escondido tras el alcohol, cuando te permites dar rienda suelta, y hacer todo aquello que el miedo a las consecuencia (morales, legales, etc.) no te permiten hacer estando sobrio.

    Todos los hemos experimentado alguna vez. La diferencia es que una persona, digamos normal, se atreve a bailar en público, bañarse vestido en una fuente, entrarle a esa persona que te gusta; pequeñas transgresiones en definitiva, que nos liberan de los, a veces, estrechos límites del comportamiento socialmente aceptado. Incluso nuestro Código Penal reconoce el estado de embriaguez, como circunstancia atenuante de la responsabilidad penal. Atenuante que, como no podría ser de otra manera, acepto, pero no comparto. Pero si te amparas en la embriaguez para, junto a tus amigotes, violar a una chica en una fiesta popular, como por ejemplo los sanfermines, permíteme (o no me lo permitas, me la suda) que te diga que, aparte de un grandísimo hijo de puta, eres un cobarde.

    No soy amigo de linchamientos populares, prefiero no comentar determinadas noticias hasta tener toda la información posible, y si hay sentencia mejor. Pero que se intente justificar con la embriaguez un acto tan vil como arrebatar a alguien el control de sus propias decisiones, de su cuerpo, de su dignidad, me revuelve las entrañas.

    Déjame que te diga algo, pequeño bastardo: No, significa no. Por mucho tonteo que haya habido, por mucha insinuación que hayas podido percibir, por muy borrachos que estuvieseis todos, incluida ella. Porque créeme, cuando la empujasteis dentro del portal tú y tus compinches, estoy seguro de que a ella se le pasó de golpe la borrachera, si es que estaba borracha; y vosotros fuisteis plenamente conscientes de lo que hacíais, de su miedo, de su desesperación, de su llanto, de su dolor…

    Así que, si esa va a ser la linea de tu defensa: “No sabía lo que hacía, Señoría, estaba borracho.”, me das pena y asco.

    Ronda, 20 de julio de 2016

    Antonio Moreno Torres.

    ¡Dong!. La última campanada quedó flotando en el aire. Las 7. Si todo marchaba como debía disponía de unos 40 minutos, una vez acabadas las confesiones, y antes de que el cura se preparase para misa de 8. 40 minutos, más que suficientes.

    Por fin la anciana que estaba arrodillada en el confesionario se levantó despacio y recorrió el largo pasillo con la cabeza baja y las manos entrelazadas, hasta sentarse en uno de los últimos bancos de la iglesia. Él observaba la escena de pie, desde un rincón en penumbra desde el que controlaba la puerta de la calle y la de la sacristía. Aparte de la anciana había un caballero de mediana edad y aire respetable que en esos momentos se santiguaba tras levantarse con cierto esfuerzo. Se abrochó los botones de la americana y se encaminó a la puerta dirigiendo una rápida y discreta mirada al rincón en el que él parecía ensimismado admirando el orgullo de la parroquia: una reproducción bastante burda de la Piedad de Miguel Ángel, atribuida a un artista local del S XIX. Él había visto la auténtica cientos de veces. La auténtica, no la expuesta para las fotos de los turistas en los Museos Vaticanos, ni siquiera la pretendidamente auténtica, protegida tras un cristal en la Basílica de San Pedro. La auténtica, la que se guarda en los sótanos, esos sótanos en los que tan pocos mortales entraban, y de los que aun menos salían.

    Observando la imagen de esa virgen doliente, sosteniendo en los brazos el cuerpo inerte de su hijo, se preguntó como sería haber sentido alguna vez los brazos de una madre, ¿alguien le lloraría a él cuando le llegase la hora?. El sonido de la puerta al cerrarse tras el caballero de mediana edad le devolvió a la realidad, al presente, a la misión…

    Tomó asiento en el último banco y aguardó a que la anciana terminase con su penitencia. Había algo en esa parroquia tan sencilla que le resultaba reconfortante, quizá el olor de la madera vieja, de los tapices cubiertos de polvo. El cura no iba a ir a ninguna parte, aun no, así que se permitió cerrar los ojos y transportarse a una iglesia parecida, a miles de kilómetros y de años de allí.

    Él tenía 8 años, y el resto de los chicos del orfanato le temían y reverenciaban a partes iguales desde aquella noche en la que dejó magullados a dos de los mayores que se colaron en el dormitorio de los pequeños, con intenciones “pecaminosas”. La gota que colmó el vaso la vertió el Padre Estaban, el profesor de Matemáticas, quien cometió el error de golpearle con la regla de madera. Tuvieron que quitárselo de encima, no sin que antes le hubiese roto la nariz de un puñetazo. Al día siguiente, sentado en el despacho del Director, con una bolsa conteniendo sus escasas pertenencias, un hombre con el pelo a cepillo y aspecto de luchador le estudiaba atentamente mientras preguntaba al Padre Damián: -¿Es este el muchacho?.- El Padre Damián asintió despacio con la cabeza y el otro le cogió con mano de hierro de la mandíbula y le estudió detenidamente, después le levantó el puño con los nudillos magullados e hizo una mueca de indiferencia. – Ya veremos…-

    – Te vas a ir con este Señor,- Le dijo entonces el Padre Damián. – Vas a una escuela diferente, Dios tiene para ti una misión especial.- Dicho esto le revolvió el pelo y esbozó una sonrisa que a él le pareció triste. Fue la ultima vez que lo vio, a él, al resto de los curas del orfanato, y a sus compañeros. Aquel día comenzó un duro entrenamiento que 15 años y algunos huesos rotos después le convirtió en lo que ahora era: La mano izquierda de Dios, como Monseñor Spínola solía llamarle.

    La anciana se levantó por fin y salió también, sin aparentemente reparar en su presencia. Él se dirigió también a la puerta y la aseguró con un calzo, para evitar que pudiese abrirse desde fuera. El cura seguía aun en el confesionario, consultó su reloj de pulsera: las 7 y 12. Fijó la vista en la puerta de la sacristía, que se encontraba entreabierta y sopesó las posibilidades. Finalmente decidió que era mejor hacerlo en el confesionario, así que palpó el bolsillo de la cazadora, para asegurarse de que llevaba lo necesario y se aproximó hasta arrodillarse finalmente tras la celosía, a través de la cual pudo contemplar la silueta de un hombre joven de pelo negro, algo rizado que apoyaba la barbilla sobre las manos entrelazadas. Definitivamente era el mismo hombre cuya fotografía le había mostrado Monseñor Spínola. – Ese hombre es una clara amenaza para la Iglesia. Es un asunto urgente, que requiere de la máxima diligencia y discreción.- Le había dicho, justo antes de ofrecerle el anillo para que lo besara, en un claro gesto de que daba por terminada la reunión.

    No es que tuviese escrúpulos, ese nunca había sido su problema, había hecho trabajos parecidos cientos de veces, siempre en nombre de Dios, de la justicia divina, y nunca había titubeado. Había escuchado súplicas, había abortado intentos de fuga, había dado al desgraciado de turno tiempo prudencial para ponerse en paz, pero el resultado había sido siempre el mismo. Sin embargo esta vez era distinto, esta vez sentía una lucha interna olvidada hacía mucho tiempo. Esta vez se preguntaba si lo que estaba a punto de hacer realmente servía a un propósito superior.

    El cura alzó un poco la cabeza al advertir su presencia al otro lado de la celosía. – Ave María purísima…

    EPÍLOGO

    Sentado en la terraza de una cafetería junto a la Estación de autobuses volvió a leer el titular del diario local:

    DESARTICULADA RED DE PEDERASTIA”. En portada, y junto a la fotografía de un cura joven, de pelo negro algo rizado, se explicaba como informaciones recibidas de manera anónima por el padre Carretero, párroco de Nta. Sra. de la Piedad, había conducido a la detención de 6 sacerdotes de la diócesis, que, presuntamente, abusaban de menores durante las clases de catequesis, haciendo además fotografías que posteriormente eran distribuidas entre un número de personas aun sin determinar. Así mismo no se descartaban nuevas detenciones, a medida que la información aportada por el padre Carretero en un pen drive, fuese analizada más detalladamente.

    El Padre Carretero -añadía el diario- saltó a los medios hace dos semanas, tras ser amonestado por el obispado, al hacer insinuaciones sobre una supuesta red de pederastia, de la que sin embargo no tenía pruebas. Sin embargo, y siempre según fuentes de la investigación, ficheros con contenido pornográfico, encontrados en el pen drive aportado por el citado párroco, así como un completo listado de altos miembros del clero que tendrían acceso a dichos archivos, podrían avalar las acusaciones.”

    Apuró el café de un sorbo y sonrió al recordar la cara de susto del cura, cuando le dijo quien era, y para qué le habían enviado. Pensó también en la que pondría Monseñor Spínola y el resto de los implicados, cuando recibiesen la noticia, o la visita de la policía. Sabía que el resto de su vida sería una permanente huida, que mandarían a alguien como él a buscarle, que tendría que dormir siempre con un ojo abierto. Pero por una maldita vez estaba completamente seguro de haber sido realmente la mano izquierda de Dios.

    Ronda, 25 de febrero de 2016

    Antonio Moreno Torres.